miércoles, 8 de octubre de 2008
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lunes, 6 de octubre de 2008
nos quedamos paralizados cuando analizamos mucho
http://dennisveliz.blogspot.com/2008/02/los-parlisis-por-anlisis.html
Los parálisis por análisis
En estos últimos meses he visto en la Blogosfera varias referencias a este termino. En junio, Tochismochis, en CreativeMinds, hablaba de este fenómeno, desde la perspectiva del mundo del software, de la consultoría, de la gestión de proyectos, etc…(...)
Juan Luís, hablando de lo suyo, del Marketing, afirma que las pequeñas empresas padecen este tipo de parálisis cuando tiene que afrontar la planificación y gestión de su Marketing. La realidad que acaban contemplando se les hace dura, se resisten a admitirla. Es un proceso doloroso.
sobre el sufrimiento de no comprender
"Yo he vivido el fracaso escolar"
El escritor francés acaba de publicar en Europa Mal de escuela, un libro autobiográfico que reabrió en su país el debate acerca de la educación. Allí, el novelista evoca el sufrimiento que padeció como alumno y su experiencia como docente
http://adncultura.lanacion.com.ar/Nota.asp?nota_id=1054968-Desde las primeras páginas, advierte que no ha escrito un libro sobre la escuela, sino sobre los malos alumnos. ¿Temía ser malinterpretado?
-Quería dejar muy claro que éste es un libro sobre el sufrimiento que produce el hecho de no comprender. No pretende analizar la institución escolar, sino ese tipo de dolor, que me parece bastante desconocido. Se suele creer que a los malos alumnos les da todo igual, pero la realidad es otra. El fracaso escolar se vive con un gran sufrimiento. Yo lo sé porque lo he vivido.
-¿Cómo se origina ese sufrimiento?
-Por el simple hecho de no entender la pregunta del profesor. Es algo que empieza a una edad muy temprana y que tiene efectos colaterales: el niño cree que no encaja en la escuela y desarrolla una especie de rechazo hacia la institución; la familia se preocupa y no sabe cómo ayudarlo, y el docente lo vive como un fracaso personal y profesional. Es como una bomba de fragmentación.
-Sin embargo, su tesis sobre el fracaso escolar es que no existe la fatalidad. Su libro es optimista.
-Sí, porque he logrado que alumnos sin ningún sentido de la ortografía, que hacían 350 faltas por línea y que desconocían todo tipo de estructura gramatical, salieran adelante en pocas semanas. Eso te convierte inevitablemente en un profesor optimista [risas].
-¿Cuál es su fórmula milagrosa?
-He comprobado que podemos curar las malas aptitudes si ignoramos las causas y nos concentramos en los efectos. Hay que resistir esa tentación natural que tiene todo joven profesor, que consiste en hurgar en el alumno para descubrir por qué se le da tan mal la escuela. Lo más fácil es creer que un estudiante es malo porque sus padres lo sentaron sobre los fogones de la cocina como castigo cuando era pequeño.
(...)
Vida de maestra, noticias de la moda, hacerse blogger
Cambio de vida
17 Septiembre 2008
Llevo muchos años en la enseñanza, y nunca hubiera pensado que tomaría una decisión así, un cambio de vida tan drástico: dejar la tiza y colgarme de un ordenador para contarte todos los días mis reflexiones sobre la moda.
Cualquiera me diría que no es para tanto y que no sea exagerada. Pero para mi es mucho. De todas formas, nunca cerraré las puertas a la posibilidad de volver a la enseñanza. Eso está ahí.
Puede que este cambio que pretendo dar a mi vida no me llene o no me haga feliz. Pero creo que tengo que intentarlo y ser valiente.
Siempre he pensado que la enseñanza era lo mío, pero quizá me equivoqué. Prefiero no pensar en equivocación, eso suena muy mal. Y da mucha pena.
De todas formas la escuela de hoy en día no es aquella con la que soñé. Y nada de lo que yo esperaba queda ya en las aulas. No hay ganas de nada y así no se puede. Los jóvenes y niños, como desgraciadamente tienen el respaldo de sus padres, se creen superiores a ti. No tienen ningún respeto. Desgraciadamente hay chavales maravillosos, pero los petardos son los que manejan la clase. Y son de los que te acuerdas cuando llegas a casa.
De todas formas lo peor está por venir y yo no me quiero quedar a verlo. ¡Qué gracia! Parece que esté hablando de la crisis económica que nos avecina, y que según algunos economistas lo peor está por llegar. Te aseguro que nadie quiere quedarse a verlo, pero parece que no va a haber otro remedio. Yo estoy intentado buscar una alternativa a mi vida.
Quiero algo nuevo, diferente, y no una lucha continua con unos niños que juegan a ser mayores. Pero para lo que ellos es un juego, para mi es una forma de vida, un poco más complicada cada día.
Puedes pensar que soy una cobarde o que no tengo ganas de luchar. Y seguramente sea verdad, pero lo cierto es que estoy contenta y esperanzada. Aunque es inevitable sentir pena cuando miro hacia atrás, y recuerdo de esos alumnos que me han hecho feliz y me han dado fuerza para seguir adelante cada día.
Cuando era profesora, aparte de mis libros y exámenes, ¿en qué invertía mi tiempo libre? ¿qué es lo que más me gustaba y me interesaba? La moda y, aunque suene superficial, es cierto. Así que bastante animada por mi marido -si no, no hubiera sido posible este proyecto-, aquí me tienes. Estoy dispuesta a colarme en tu ordenador y contarte todo lo que voy viendo y me parece interesante de ese mundillo que es la moda, y que tanto nos gusta.
Me gustaría que tuvieras preguntas o cualquier tipo de comentario para mí. Estaré deseando ayudarte.
Una periodista de 100 años: Mildread Heath
Mildred Heath se levanta todos los días a las ocho de la mañana, lee las noticias, comprueba su correo y se prepara para iniciar su jornada laboral. Sube a su motocicleta eléctrica y conduce hasta la sede del periódico Beacon-Observer, en Overton, Nebraska. Hasta ahí todo parece normal, pero ella no es una mujer común. De hecho, acaba de recibir un homenaje por su hazaña diaria. Y es que Heath tiene cien años y es la trabajadora más longeva de Estados Unidos.
Heath
Su vocación se le despertó tempranamente, a los 15 años, en su ciudad natal, Curtis, y desde entonces no ha dejado nunca de trabajar. Lleva 85 años en las noticias y dice que hace medio siglo decidió que no se jubilaría. "Disfruto de mi trabajo y me prometí continuar mientras fuera necesaria. Y todavía lo soy", afirma Heath.
En 1933 fundó su propio periódico, el Overton Observer, y poco después adquirió junto con su familia otra publicación local, Elm Creek Beacon, y fusionó ambas redacciones.
En la actualidad su nieta y su marido dirigen el diario. Heath se dedica a investigar, recopilar fotografías, asesorar y atender llamadas. Cumple 30 horas semanales gustosa. "Siempre me gustó el negocio de la prensa y estoy hecha para él", asegura.
Heath está tan compenetrada con el oficio que hasta llevó una libreta y un bolígrafo a su fiesta de cumpleaños número cien y tomó algunas notas. Tampoco se resiste a las nuevas tecnologías. Ha aprendido a usar el ordenador y encuentra grandes ventajas en ciertos aspectos, como en el manejo de las fotografías y en el proceso de impresión. Ella dice que aún tiene cicatrices de cuando, en sus comienzos, se utilizaban plomos calientes en la imprenta.
La trabajadora más longeva de Estados Unidos recibió este título durante una conferencia organizada por la Experience Works Organization, una compañía con sede en Virginia que lucha por los derechos de los ancianos que quieren seguir trabajando después de su jubilación. El Club Nacional de Prensa de Estados Unidos también condecoró a Heath por ser su más antigua, y apasionada, representante.
http://www.233grados.com/blog/2008/09/mildred-heath-s.html
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sábado, 4 de octubre de 2008
interesantísimas fotografías históricas
Un paseo por imágenes que no tenemos en nuestros álbumes familiares.
viernes, 3 de octubre de 2008
jueves, 2 de octubre de 2008
Raymond Carver, ha revivido en su vida
Quien ha vivido varias vidas no siempre puede recordar la fecha exacta en la que comenzó cada una de ellas.
http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Vidas/Carver/elpepuculbab/20080119elpbabnar_1/Tes/
Antonio Muñoz Molina
lunes, 29 de septiembre de 2008
Pedro Palomar, historia de un ladrón
Una nota, un libro
FOTO
Hola. Soy Pedro Palomar. Soy ladrón, y antisocial por decisión. Así me defino, es la postura que adopté. Yo no golpeé primero. Sólo devolví golpe por golpe. No tengo de qué arrepentirme. Esta situación me costó más de treinta años de prisión. Pasé por casi todas las cárceles del país. Soy un ladrón con códigos; códigos muy estrictos. No me refugié jamás en filosofías humanistas, no me doblegaron las palizas, las picanas ni los submarinos. El sistema me pega desde que nací. Soy un marginal, pese a quien le pese. No depondré mis ideas, nada le debo a la sociedad, ella me debe a mí. Aun así, considero que estamos a mano. Tengo permiso moral para portarme mal, si es que lo preciso.
No sé si soy de piedra, no sé si soy de estopa, sólo sé que me trataron mal. Me torturaron, me escupieron, me encerraron, me golpearon hasta el cansancio, y cuando por fin se dieron cuenta de que era un humano, se disculparon. Yo no lo acepté. Muy tarde para lágrimas.
Viví masticando mis dientes; así sobreviví, eso me hizo libre, siempre fui libre. Las rejas no me sacaron la libertad, sólo me escondieron el horizonte. No fui esclavo porque las cadenas no hacen la esclavitud. Las cadenas me alimentaron, me forjaron, me convidaron su dureza. Fui capaz de encontrar savia en los aceros y en los muros de concreto.
Es cierto que sacié mi sed de ladrón con mi propia sangre, siempre con mi sangre, nunca con la de otras personas. Muchas veces arriesgué mi vida, pero jamás puse en riesgo la vida de los demás. Respeté la vida. Por eso digo que no le debo nada a nadie y también que son muchos los que me deben a mí.
Hablamos de inseguridad, de pobreza, de marginalidad, pero en realidad no queremos saber de ella. Creemos que la combatimos en los hogares, oficinas, negocios, desde los lugares donde ella no está cotidianamente. Nadie quiere encontrarse con ella. Nadie quiere saber de ella. La habitan los marginales con filosofías opuestas: policías, a quienes les tiran el fardo, y nosotros, los ladrones.
No creo que todos los seres humanos debamos ser iguales. He conocido verdaderas bestias tanto entre mis pares como entre funcionarios públicos. 0.No quiero ser como ellos. Nunca lo fui. No soportaría ser comparado con esas bestias. Me dan risa aquellos que profesan la igualdad entre las personas; yo pienso que deberían gastar esa energía en luchar por una igualdad de oportunidades, y por los premios y castigos que toda sociedad que se precie de inteligente debe organizar. Eso nos llevaría a un mundo menos hipócrita.
La piedad termina convirtiéndose en un mueble donde se apoltrona la conciencia de hombres malos y sacian su hambre los hambrientos. Es nada más que un intercambio de necesidades que hacen perder de vista el verdadero objetivo de la solidaridad y aplasta en el olvido al bien común.
En algún lugar existirá un Dios. De tanto ser sólo yo mi única familia y sobrevivir, me obliga a creer en milagros.
He forzado mil puertas. Y hoy me encuentro ante otra que, extraordinariamente, se abrió sola. Por eso estoy ante ustedes.
Capítulo ICorrientes, un impreciso día de verano de 1956.
Era un túnel largo, asfixiante, impregnado de humedad y de un olor pesado, como de aceite quemado. Así de rancio se me hacía. De no ser por unas lamparitas que cada veinte o treinta metros destellaban lastimosamente desde el techo con sus luces amarillentas, como de vela, la oscuridad sería de caverna.
Pero había en el fondo del túnel, muy en el fondo, una lucecita más brillante. Brillante y redonda como un lucero en la inmensidad de la noche. Y hacia ella corría yo.
Sentía esa humedad pegada en la piel mezclada con mi transpiración. Las gotas brotaban en mi frente y se deslizaban sobre mis ojos. Me ardían los ojos. Y me los restregaba para ver mejor por dónde estaba corriendo. Me dolían las piernas de correr y correr por ese túnel penumbroso, lleno de piedras. Las piedras parecía que se me clavaban en los pies. Estaba descalzo. Corría medio destartalado, a los trancazos, desparejo, como si buscara escapar de una alfombra de fuego. Cada tanto, mientras corría, levantaba la cabeza para ver si esa lucecita brillante que veía a lo lejos, mi lucero, seguía allí. Corría hacia esa luz. Era la única señal que tenía. No sabía en dónde estaba ni tampoco hacia dónde iba; todo era confuso, irreal, como atrapado en las tinieblas de un sueño espantoso que no me dejaba despertar. Pero esa luz en el fondo del túnel podía ser mi salvación.
Durante mucho tiempo, aun ya de grande, me he preguntado por qué había terminado en ese túnel, lejos de mi familia, lejos de todo.
Yo era apenas un niño que jugaba, feliz y despreocupado, con otros niños entre los verdes pastizales de una isla de los Esteros del Iberá, en Corrientes, mientras los mayores, hombres y mujeres, atendían sus quehaceres. Entre ellos estaban los Laguna, don Eustaquio y doña Conché. Gauchos puros todos ellos. Gente buena, humilde y callada. Gente sufrida que sobrevivía a su manera. No podría decir hoy que los Laguna vivían al margen de la ley, por la simple razón de que el hambre no merece más condena que la que a diario soportan los que imploran justicia desde sus panzas vacías.
Por esos tiempos, mis únicas pertenencias eran un pantaloncito de algodón, una remera de color indescifrable, tres culebras de agua, más de diez crías de yacaré, un cachorro de aguará guazú, o zorro grande lleno de pulgas, un cachorro de yaguareté sin pulgas y todos los árboles frutales que hasta esa edad yo podía identificar: mangos, guayabas, piñas, mamones, naranjos y pomelos. En el rancherío yo era el más pequeño de entre los siete niños que había, que eran los hijos de la Conché, la Picuícha y la Alicia, esposas de don Eustaquio, el Cambá y el Epifanio. Pero eran otros dos hombres, el Toro y el Dorado, los que más tiempo estaban conmigo; eran dos gigantones que me enseñaron todos los secretos de los esteros, incluso a cuatrerear vacas ajenas de las estancias vecinas cuando el hambre apretaba.
Un secreto me unía a los Laguna, y en particular a doña Conché. Desde muy niño -y hasta avanzada mi adolescencia, cuando ya no vivía con los Laguna- yo sufrí de una especie muy particular de sonambulismo porque tenía ganas de comer permanentemente. Era como una sensación de hambre perpetua. Eso hacía que me levantara bien temprano, a la hora del ordeñe de la única vaca propia de la aldea, y con una lata de durazno, a modo de jarro, en una mano y un pedazo de mandioca hervida pero ya fría en la otra, caminaba como un autómata hasta donde estaba doña Conché en plena tarea de ordeñe. Como todas las madrugadas, sin decir palabra y apenas mirándome de reojo, me llenaba la lata con leche tibia y espumosa que empezaba a devorar con la fiereza de una piraña mientras regresaba a la pieza para continuar durmiendo como si nada hubiera pasado. Lo asombroso de esta circunstancia era que al despertarme a la mañana desayunaba otra vez. La explicación a esta complicidad la descubriría años después: yo había resultado ser un hijo guacho y, por esa sola razón, merecedor de una ración de comida extra. Comida que no sobraba y raciones que difícilmente se multiplicaban. Yo era especial para ellos. Y más especial todavía para la Conché. Algunos años más tarde mi madre me diría el porqué.
Nada extraordinario, entonces, se suponía podía ocurrir ese día en la aldea; ni siquiera el insoportable calor pegajoso habría de merecer comentario alguno de ninguno de los habitantes del rancherío.
Pero algo iba a suceder. A lo lejos, y en lo peor de la asfixiante tarde de un impreciso día de verano de 1956, los gurises que estábamos ahí divisamos una persona en una canoa hecha con madera de palo borracho que avanzaba lentamente hacia nosotros. Al tocar tierra, una mujer de rasgos delicados, pelo largo y rubio y vestida con una pollera blanca estampada con pequeñas flores verdes empezó a caminar con paso rápido y firme hacia nosotros. No sé los demás, pero yo estaba embelesado con la figura de esa mujer. Era hermosa, como un ángel deslizándose sobre un mar de nubes. Muy decidida y sin titubeos, se dirigió hacia donde estaba el grupo de gurises. Pero sólo a mí me miró fijo. Y enseguida, después de abrazarme fuertemente contra su pecho y de besarme, me dijo, en guaraní: ndeé haé che membui Pedro, a che hegui, ndeé zu Ángeles che rojaiju heta ("vos sos Pedro Antonio, mi hijo, y yo soy Angeles, tu mamá, y te quiero mucho").
Angeles Mancuello me había entregado, apenas yo había nacido, al cuidado de la familia Laguna. Y volvió a la isla seis años después para llevarme. Creo que así como no entró en demasiados detalles cuando me abandonó -nunca nadie me dijo nada-, tampoco lo hizo cuando decidió recuperarme. Sólo me fue a buscar. Y yo, que hasta ese momento creía que los Laguna eran mi familia, cuando para todos en la isla era simplemente el Peti, ni siquiera era Pedro, me iría caminando de la mano de aquel ángel, de esa mujer rubia vestida de blanco hasta la canoa que nos esperaba. Tan simple como eso. Nunca nadie me había explicado nada.
No hubo lágrimas en la despedida. No recuerdo haber llorado. Ni yo ni nadie. Sólo un tímido adiós con las manos. Saludo que fue devuelto por el Toro y el Dorado al grito de ani que nderesaray ñandé hégui, che rojaiju... che mita aca guazú ("no te olvides de nosotros, te queremos, hijo nuestro... muchacho cabeza dura").
Al bajarnos de la canoa nos subimos a un auto grande de color negro donde un hombre mayor con cara de culo nos esperaba al volante para llevarnos a la ciudad de Corrientes. Nunca antes había visto un auto. Ni siquiera sabía que eso podía existir, que hubiera algo que marchara sin necesidad de caballos. Pero más que eso, que fue impactante, lo que más me impresionó era el hombre que manejaba. Resultó ser el segundo esposo de mi madre, un inspector de escuelas de apellido Galantini. Era pelado y tenía la cabeza como un huevo de avestruz. Dos arrugas profundas, como dos tajos, surcaban su boca pequeña y de labios tan finos que parecían dos rayas. Y no se reía nunca. (...)
Por Pedro Palomar----------------------------
Pedro Palomar fue entrevistado 29/09/08 en Canal 13, Buenos Aires, Argentina, en "Mañanas informales"
muchas veces queremos sentirnos respaldados
" Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar. "
*TWAIN, Mark
domingo, 28 de septiembre de 2008
crímenes del justicialismo y del sindicalismo
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1054219&high=reato
"Los autores fueron los Montoneros, no hay más vueltas que darle", dijo a LA NACION,
(...)
Reato señala que los diputados nacionales Juan Carlos Dante Gullo y Carlos Kunkel y Ricardo Grassi, director de El Descamisado , la revista de los Montoneros, "reconocen" que fue esa organización guerrillera la que asesinó al secretario general de la CGT José Ignacio Rucci, el 25 de septiembre de 1973.
(...)
adjudicó a Juan Julio Roqué, un dirigente de esa organización, ser uno de los autores del asesinato.
(...)
El asesinato de Rucci fue un tema incómodo para distintos sectores dentro del justicialismo y del sindicalismo. Allí estaban acostumbrados a resolver sus disputas con mucha violencia, a veces a los tiros. No les gustaba investigar un asesinato donde se suponía que los autores estaban dentro de su propio movimiento.
(...)
Los autores fueron los Montoneros, no hay más vueltas que darle. Lo reconocen Gullo, Kunkel, Ricardo Grassi, además de los testimonios y averiguaciones que hice. Los sectores progresistas deberían dejar de ver fantasmas y conspiraciones de la derecha, reinvindicaciones de la teoría de los dos demonios. Tendrían que darse cuenta de que pueden hacer mucho para que todos tengamos una mirada más ecuánime sobre el pasado.
(...)
-Aníbal Rucci pidió a las organizaciones de derechos humanos que apoyen la investigación por el crimen de su padre. ¿Qué opina al respecto?
-Ellos también tienen una oportunidad de reivindicarse con un sentido más amplio. Pertenecen a la sociedad civil y no a la sociedad política. Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto deberían hablar del tema. Si opinaron de Cromagnon, sobre el conflicto del campo, sobre el Mercosur y el ALCA, ¿cómo no van a hacerlo sobre algo tan importante como el asesinato de Rucci?
sábado, 27 de septiembre de 2008
viernes, 26 de septiembre de 2008
auto eficacia, desarrollo de fortalezas de carácter
If At First You Don’t Succeed, You’re In Excellent Company
September 18, 2008 by Rich |
The Wall Street Journal:
J.K. Rowling’s book about a boy wizard was rejected by 12 publishers before a small London house picked up “Harry Potter and the Philosopher’s Stone.”
Decca Records turned down a contract with the Beatles, saying “We don’t like their sound.”
Walt Disney was fired by a newspaper editor who said he “lacked imagination.”
Michael Jordan was cut from his high-school varsity basketball team sophomore year.
What makes some people rebound from defeats and go on to greatness while others throw in the towel?
Psychologists call it “self-efficacy", the unshakable belief some people have that they have what it takes to succeed.
First described by Stanford University psychologist Albert Bandura in the 1970s, self-efficacy has become a key concept in educational circles, and is being applied to health care, management, sports and seemingly intractable social problems like AIDS in developing countries.
It’s also a hallmark of the “positive psychology” movement now sweeping the mental-health field, which focuses on developing character strengths rather than alleviating pathologies.
Self-efficacy differs from self-esteem in that it’s a judgment of specific capabilities rather than a general feeling of self-worth. “It’s easy to have high self-esteem — just aim low,” says Prof. Bandura, who is still teaching at Stanford at age 82.
On the other hand, he notes, there are people with high self-efficacy who “drive themselves hard but have low self-esteem because their performance always falls short of their high standards.”
(continúa...)
http://online.wsj.com/article/SB120940892966150319.html
historias inocentes de Mora Torres
| Frase de la semana |
| "Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera." |
| -Pablo Neruda |
En mi país es primavera (Primavera roja), es decir que sentimos que vamos a nacer. El velado, el oscuro y, según cuentos de infancia (Cuentos de hadas; magia, fe y encanto), malhumorado invierno nos deja pasar hacia el sol (El Sol y su estructura).
Todo empieza a vestirse de inocencia: la primavera es naiff (Arte y diseño en discusión).
También la gente de Oriente lo considera así, y yo creo mucho en la sabiduría oriental: para ellos, las estaciones del año representan edades del desarrollo humano (Lilah).
Toda la vida preferí el invierno (¿quiere decir que toda la vida fui una anciana?) por lo privado, pero además porque me gusta afrontar el frío, la tempestad y las lluvias heladas como si estuviera dentro de una película de aventuras: siempre al final llego a mi casa entibiada por el fuego de la estufa con olor a eucalipto (Consumo y ahorro de energía en el hogar y la oficina). O elijo un atardecer ventoso para andar por un barrio de casas viejas (Rescate y conservación del patrimonio local) y siento que fui a dar con mi máquina del tiempo a la Edad Media.
Sin embargo, la primavera tiene más delicadezas y ha inspirado música como la de Vivaldi, cuadros como los de Boticelli;
yo misma, modestamente, escribí un cuento - “Parece que están floreciendo las violetas”- sobre algo que le pasó a mi amigo Silvio cuando vino una vez a Buenos Aires en primavera.
Parece que están floreciendo con ganas las violetas
La mujer que entraba aquel domingo en el cementerio de la Recoleta no llevaba paraguas.
Silvio acababa de abrir el suyo, porque la llovizna, que le permitió curiosear tranquilamente tumbas y mausoleos, inscripciones y lápidas, se había convertido en temporal.
A tal punto había sido apenas húmeda la siesta dominguera, que Silvio pudo sentarse a observar largo rato muy cerca de un panteón, a un señor con botella termica en ristre, que golpeaba la puerta y llamaba en voz alta: “¡Ojeda, Ojeda!”
El hombre persistía en su llamado, en el que se mezclaban cierta sorpresa y cierta preocupación. Al rato –Silvio me lo contó- apareció uno de los cuidadores del lugar, que le dijo: “Ojeda salió y no va a volver hasta la noche”.
El cuidador, viendo que Silvio observaba la escena, se le acercó y le contó que esta persona solía venir venía todos los domingos a la tarde, con su termo y su taza de aluminio, y que cada vez debía encontrar una historia distinta: “Ojeda pidió que no lo despierten, porque anoche no consiguió pegar un ojo”, u, “Ojeda se quedó a dormir en lo del hermano, porque la mujer tuvo familia”, o bien, “Ojeda se fue al campo, porque tenía que vender unas vacas”.
Lo curioso es que el amigo de Ojeda aceptaba siempre con simpatía estas excusas y se iba diciendo: “Dígale que el domingo que viene vuelvo a visitarlo”.
Ojeda parecía tenerlo todo: hermana, hermano, hijos, nietos, sobrino, abuelos, padres, campos, insomnio. Ninguna excusa le sonaba incongruente sospechosa al visitante que, además, demostraba al marcharse algo de alivio. Pero nunca dejaba de volver.
(Continúe leyendo este artículo y deje su opinión en nuestro Blog: "Canto de Primavera")
Por Mora Torres
jueves, 25 de septiembre de 2008
visitemos el sitio de "lobo atento"
(...)
Siempre me ha gustado leer, además mi familia ha sido siempre muy dada a contar cuentos, así que me sé cientos de cuentos. Lo que pasa que luego por falta de tiempo o porque la mente no es tan rápida, no consigo aplicarlos en el momento exacto, tal y como hacía mi abuelo.
Como yo no tengo ese don, he decidido abrir este blog, para compartir con los niños (y ya sabeis que por la vida de una maestra pasan muchos), y también, con los no tan niños, todos estos cuentos.
el círculo del 99 ¿cómo volverse triste?
(...)
Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía: "Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste".
(...)
Todos nosotros hemos sido educados en esta estúpida ideología:
Siempre nos falta algo para estar completos, y sólo completos se puede gozar de lo que se tiene.
Por lo tanto, nos enseñaron, la felicidad deberá esperar a completar lo que falta... Y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca se puede gozar de la vida.
Pero qué pasaría si la iluminación llegara a nuestras vidas y nos diéramos cuenta, así, de golpe, que nuestras 99 monedas son el cien por ciento del tesoro, que no nos falta nada, que nadie se quedó con lo nuestro, que nada tiene de más redondo cien que noventa y nueve, que todo es sólo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para que jalemos del carro, cansados, malhumorados, infelices o resignados.
Una trampa para que nunca dejemos de empujar y que todo siga igual... ¿Cuántas cosas cambiarían si pudiéramos disfrutar de nuestros tesoros tal como están?
a veces uno encuentra algunas palabras que lo enfrentan a sus propios sentimientos
Julia González.
"Diez años más tarde me convertiría al vegetarianismo, por el solo hecho de aborrecer la matanza de animales. A Manu tampoco le gusta comer carne, pero cuentan que a Leo cada vez le sale mejor el asado."
Yo he vivido en contacto con vacas y ovejas, en otro tiempo. Las he acompañado, las he cuidado y conducido por los campos, me he encariñado con la belleza de animales simples, sin maldad ni ferocidad y me cuestiono el seguir siendo carnívoro. Uno sigue haciendo ciertas cosas por costumbre, a veces porque no sabe cómo salir "del lugar en que está metido".
Algunos lo llaman ideología.
composición tema: mi barrio, con naturalidad como deslizándose
Julia González.
http://segundoce.blogspot.com/2008/04/capital.html
