jueves, 18 de septiembre de 2008

El miedo base. Alejandro Rozitchner

El miedo base

Notas sobre una emoción poco recomendable.

Sería interesante perseguir un poco la idea y ver hasta dónde se puede llegar. Me refiero a la premisa de que tanto social como individualmente estamos bajo la influencia de un miedo constante, que tiene un origen existencial aunque nos guste hacerlo derivar de “la situación(¿?), y que limita nuestros pasos de una manera innecesaria y a veces extrema.

¿Miedo a qué? Miedo a que otros piensen mal de nosotros o no aprueben nuestras acciones; miedo a hacer sufrir, y a sufrir; miedo a intentar algo y que salga mal; miedo a caer, a caer en la zona de desgracia y catástrofe que identificamos erróneamente como la verdad del mundo. Miedo a que todo cambie y se vuelva inmanejable, a no poder vivir más de la forma que ahora vivimos, a perder facultades.

Mucha gente le tiene miedo a la locura: sienten que su fantasía podría tomar el poder y hacerles perder la realidad.

Miedo a perder el control y hacer cosas graves. Mucho miedo a arrepentirnos: a hacer algo que por el momento nos parece bien pero que va a traer las consecuencias graves que siempre acechan detrás de los atrevimientos.

Con el miedo, esto lo sabemos por experiencia, todos, los problemas se agigantan, todo parece peor, más grave, definitivo, total.

En el miedo no hay términos medios, es una emoción ligada al absoluto (no por nada caracteriza la relación correcta con dios). En innumerable número de casos hemos visto como el obstáculo concreto era menos grave de lo que el miedo nos hacía antes creer.

Osho dice que lo contrario del amor es el miedo, y que su efecto es encerrarnos.

Con el amor uno se abre, se mezcla, se da, se despreocupa y fluye y acepta relacionarse con la riqueza ofrecida por el mundo de manera constante y general.

Con el miedo uno se encierra, se pierde ese movimiento, lo niega, le quita valor, cree imposible el contento y el logro. 

El miedo dice: 

mejor no:

seamos sensatos,

tratemos de cuidarnos,

vamos de a poco,

antes estemos bien seguros,

no me gusta tanto,

no estoy seguro de quererlo,

¿y si me va mal,

y si hago algo irreparable,

y si me mandan a cagar,

y si pierdo todo, si me va mal?.

El amor (o la confianza, o el entusiasmo, o la excitación, o las ganas, lo que sea en lo que podamos hacer pie para ir más lejos del miedo), dice: 

probemos,

tengo muchas ganas,

me gusta mucho,

es una idea (proyecto, relación, trabajo, obra, aventura) sensacional,

va a andar bien,

tengo que ir haciéndolo de a poco,

queriéndolo en su crecimiento,

buscándole la vuelta;

hagámoslo rápido,

no puedo esperar,

quiero ver si se puede,

quiero poder.

El miedo es una emoción probablemente necesaria, útil para la posibilidad de hacer un buen proceso, un recurso del crecimiento, un freno a veces positivo, pero el lugar que ocupa en las actitudes es mayor del necesario.

Es probable que en otras épocas el miedo haya sido aun más presente y obligado, que pueda haber sido una función de las más valiosas de la personalidad (épocas más duras, exigentes), pero hoy, en nuestro mundo libre y fluido, tiene mucha menos razón de ser. Y sigue instalado en nuestro ánimo a un volumen mayor del necesario.

Tenemos ideas, valores, definiciones, que encarnan una apuesta existencial baja (¿?), de menor calidad de la que podríamos hacer. Mejor de la que podríamos hacer y sin correr aun los riesgos que creemos estar al borde de correr.

Hacemos nuestra una visión del mundo inferior a nuestras posibilidades, dominados por el miedo base.

Creemos todo lo que diga el temor, además, porque tiene un gran poder de disuasión (sobre todo si creemos que nos conviene hacerle espacio).

El miedo no es inducido por una intención de dominio. Lo fundamental es el movimiento de autodominio. No es una creación social para volvernos mansos, es la mansedumbre acomodaticia individual recibida, que nos permite eludir el crecimiento.

En la idea de que el poder se vale del miedo hay una visión muy pobre de la vida: no hay poder que se sirva del miedo, hay apuestas bajas en una comunidad que no quiere desarrollarse.

 

El miedo base extermina la excitación de la creatividad, la búsqueda de nuevas formas. El miedo base tiende a enfriar el movimiento vital, la espontaneidad, la autenticidad, la frescura. La velocidad, que suele criticarse y temerse, podría ser vista también como la participación en un flujo desatado de fuerzas y movimientos. La crítica de la velocidad es hija del miedo. La vida moderna, bien considerada, no da miedo: es excitante.

http://100volando.blogspot.com/  Alejandro Rozitchner

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